La Guaira: donde el Mar Caribe atestigua una tragedia de grandes proporciones
Los primeros edificios con grietas son solo un aviso de que algo ocurrió. Sin embargo, todavía no nos preparan para lo que viene después. Conforme la carretera se adentra en la llamada zona cero, el paisaje deja de ser urbano para convertirse en un rompecabezas de concreto pulverizado, acero retorcido y vidas interrumpidas.
El doblete sísmico del pasado 24 de junio dejó una estela de devastación sin precedentes. Miles de personas murieron, decenas de miles quedaron desplazadas y comunidades enteras vieron desaparecer, en minutos, edificios donde construyeron sus vidas.
Pero antes de encontrarse con los escombros, el recorrido obliga a detener la mirada en el costo humano.
A un lado de la carretera, aparecen los campamentos. Carpas, colchones sobre el suelo, filas de literas y pequeños espacios separados por sábanas o lonas sirven ahora de refugio para familias que lo perdieron todo. Algunos ya no tienen hogar; otros simplemente no encuentran el valor para regresar a un edificio que aún permanece de pie, pero que dejó de inspirar confianza.
Más adelante, aparece el muelle de La Guaira. El lugar donde antes llegaban embarcaciones pesqueras hoy recibe vehículos oficiales, personal forense y familias que todavía esperan noticias de un ser querido. Durante los primeros días tras el terremoto, las imágenes de bolsas con cadáveres alineadas en ese lugar dieron la vuelta al mundo. Hoy, la actividad continúa, aunque de forma más estructurada y el mismo dolor.
Conforme uno se acerca a la zona cero, el aire cambia.
Una nube permanente de polvo cubre las calles. La imagen del mar se desvanece para ser reemplazada por motores de retroexcavadoras, martillos hidráulicos, camiones de carga y el incesante golpeteo de herramientas contra el concreto. La maquinaria trabaja sin descanso, aunque resulta insuficiente frente a la magnitud del desastre.
Hay equipos del gobierno, pero gran parte de las máquinas pertenece a empresas privadas o familias que decidieron llevar su propio equipo pesado con la esperanza de recuperar a un ser querido. Mas no todos pueden pagar este alquiler. A una familia le pidieron $9,000 por una maquinaria, cantidad de dinero que no tienen posibilidad de reunir, por lo que siguen a pico y pala, con sus manos y con la ayuda de voluntarios removiendo escombros con la esperanza de encontrar a sus seres queridos.
Venezuela figura como el país latinoamericano con el salario mínimo más bajo, de 0.23 centavos de dólar, es decir, 130 bolívares sin incluir bonos.
Caminar entre los escombros produce una sensación difícil de explicar.
No se camina simplemente sobre piezas de concreto. Bajo los pies, la vida de familias enteras.
Entre la tierra aparecen zapatos, ropa, fotografías, colchones, muebles destrozados, juguetes y pedazos de paredes que todavía conservan pintura. Son los restos de salas, cocinas y habitaciones donde hasta hace apenas unos días transcurría una vida cotidiana. Cada objeto recuerda que debajo de esa montaña de concreto aún permanecen personas desaparecidas.
Frente a uno de esos edificios sigue cada día Luis Misael.
Su apartamento estaba allí.
También su esposa y sus dos hijas gemelas de 8 años.
“Ahí está mi esposa y mis dos hijas morochas de 8 años”, dice mientras señala el lugar donde hasta hace unos días estaba su hogar. “Yo subí y bajé a comprar un helado y, cuando bajé, ya había sucedido todo”.
Desde entonces, no se ha marchado.
Permanece junto a los escombros esperando que aparezcan. Ya identificó entre los escombros el área de su apartamento, pero aún no ve señales de los cuerpos de sus hijas y esposa.
“No me puedo ir. O viva o muerta, yo tengo que sacarlas”, afirma.
Su historia se repite una y otra vez entre las carpas instaladas frente a los edificios colapsados. Padres, hijos, hermanos y vecinos permanecen allí, observando cada movimiento de las máquinas con la esperanza de que el siguiente rescate sea el de alguien a quien aman.
Unas calles más adelante, en el sector Los Corales, el panorama es igual de desolador.
Vecinos sobrevivientes trabajan junto a brigadas llegadas desde México, Cuba, El Salvador y otros países para intentar recuperar los cuerpos de decenas de residentes que permanecen atrapados bajo un edificio completamente colapsado. Esa tarde, mientras recorríamos la zona, apenas lograban recuperar el quinto cuerpo.
Los rescatistas explican que el trabajo sigue un protocolo riguroso para preservar la dignidad de las víctimas.
Las enormes máquinas conocidas como “Jumbo” rompen primero las gigantescas placas de concreto. Solo entonces ingresan equipos especializados que remueven manualmente los escombros hasta identificar la posible ubicación de un cuerpo. Cuando eso ocurre, se detiene toda la maquinaria y entra el personal forense para realizar la recuperación.
Es un proceso lento, doloroso y repetitivo que debe multiplicarse por cada edificio colapsado.
Mientras tanto, el tiempo sigue corriendo.
Luis Misael no oculta su frustración al hablar de la respuesta inicial.
“Si desde el primer momento hubiesen llegado las máquinas, se hubiesen salvado más vidas. Esto es de máquinas. Nosotros podemos sacar piedras con las manos, pero hay columnas que necesitan maquinaria pesada”, sostiene mientras observa otra jornada de búsqueda.
A pesar del esfuerzo de voluntarios y rescatistas llegados desde distintos países, las manos siguen siendo pocas para una tragedia de semejante dimensión.
Todo ocurre en un espacio relativamente pequeño.
Antes de llegar a La Guaira, imaginaba que el olor dominante sería el de la descomposición. No fue así.
Lo que permanece en el ambiente es una mezcla de polvo suspendido, combustible diésel, cemento pulverizado y tierra removida. Es un olor difícil de describir porque el idioma parece quedarse corto.
La única palabra que encontré fue destrucción.
No porque la destrucción tenga olor, sino porque después de caminar entre edificios convertidos en tumbas, familias esperando noticias y un mar que continúa siendo hermoso frente a tanta tragedia, resulta imposible llamarlo de otra manera. Ese olor te acompaña hasta salir de allí, hasta llegar a tu destino.
Mientras cae la tarde, las máquinas siguen trabajando. También los rescatistas. También las familias. Porque en La Guaira nadie parece dispuesto a rendirse mientras exista la posibilidad de encontrar a alguien más.
Luis Misael tampoco se mueve. Observa cada maniobra, cada bloque de concreto que se levanta, cada espacio que se abre entre los escombros con la esperanza de encontrar a su esposa y a sus dos hijas gemelas.
Entre la frustración por la lentitud del rescate y el dolor de una espera que parece interminable, todavía encuentra espacio para aferrarse a la fe.
“La gloria se la doy a Dios por los siglos de los siglos. Amén”, dice, antes de volver la mirada hacia lo que alguna vez fue su hogar.
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