“Nada comparado con lo que siento del corazón”: una madre espera frente a los escombros el rescate de su hija de siete años
Su hija, madre de la menor, revive una y otra vez la tarde del terremoto.
Trabajaba cerca cuando comenzó el primer movimiento.
“Fue un temblor demasiado fuerte. Vi cómo se movía el piso donde yo trabajaba y caían las copas. Me lancé debajo de una mesa con una compañera. Cuando pude salir vi muchos lugares derrumbados y vine corriendo hacia acá porque lo primero en lo que pensé fue en mi hija”, relató.
Cuando llegó, el edificio ya había colapsado. Desde entonces permanece frente a los escombros.
También lleva heridas físicas provocadas durante esos primeros momentos del desastre. Todos los días recibe curaciones en una misión médica cercana, pero asegura que ninguna lesión se compara con el dolor que carga desde entonces.
“Me han hecho curaciones todos los días... pero eso es nada comparado con lo que siento del corazón”, expresó.
La familia convirtió la acera en un hogar temporal.
El padre de la menor viajó desde el estado Portuguesa al día siguiente del terremoto. Entre todos levantaron un pequeño campamento frente al edificio porque no conciben marcharse sin despedirse de la niña.
“Estamos acá con la esperanza de conseguir a la niña. Ya después que la consigamos, nosotros nos retiramos”, dijo Diana. La abuela de la menor se encontraba en Caracas al momento del doblete sísmico.
Pero la espera también está marcada por la frustración.
Aseguraron que el principal obstáculo para recuperar los cuerpos no es la falta de voluntad de los rescatistas, sino la escasez de maquinaria pesada.
“Hasta ahora nosotros estamos con falta de maquinaria. Necesitamos equipos para cortar las cabillas, plantas eléctricas... Tenemos una sola máquina trabajando. No hay maquinaria pesada que pueda mover las placas”, explicó. Es una queja que s erepite en cada esquina de la caótica zona.
Las enormes varillas de acero continúan impidiendo el acceso a las áreas donde presumen que permanecen las víctimas.
El temor aumenta con una eventual demolición del edificio.
“¿Y si vienen para acá y todavía no consigo a mi hija? No”, responde la madre, casi sin permitir que termine la pregunta.
Por eso siguen allí. Cada amanecer comienza bajo la misma carpa. Y cada día que pasa, la familia vuelve a hacer la misma promesa: no abandonar el lugar hasta encontrar a su niña de siete años.
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