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La paternidad entre aeropuertos, videollamadas y despedidas 

18 June 2026
This content originally appeared on Metro Puerto Rico.

 

Durante largos meses, y todavía, Fernando Ortiz, papá del joven futbolista, viaja prácticamente todos los fines de semana hacia Tampa, Florida, a visitar a su hijo, quien obtuvo una beca en la IMG Academy, una academia especializada en desarrollar estudiantes-atletas.

El padre relató el proceso que atravesó junto a su hijo durante las primeras semanas de adaptación, una etapa en la que incluso llegó a cuestionar la decisión tomada. Contó que dormía en el cuarto del menor, mientras recibía el respaldo constante de su esposa y de su otra hija, Luna Isabel, —quien se convirtió en la fan #1 de su hermano.

¿Cómo se prepara a una familia para tomar la decisión de soltar un hijo al mundo para que persiga sus sueños en el deporte? Esto le preguntamos al padre, quien reconoció en todo momento la madurez y las capacidades de su hijo para lograrlo.

“Decidimos que partiera a Tampa con dolor en el alma. No estábamos preparados para eso. Yo creo que nadie está preparado para eso… pero el proceso te enseña. Él lo asumió con mucha madurez, y nosotros, como familia, siempre respetamos los valores y la enseñanza que le damos. Creíamos que ya estaba preparado para dar ese salto a estar solo, a vivir solo, a estudiar solo, y a hacer muchas cosas sin papá y mamá. Pero fue un proceso difícil; como todo, fue una adaptación, pero ha sido una experiencia tremenda”, contó.

Para el joven atleta, la transición fue difícil. Confesó que no quería mudarse porque “lo tenía todo y la vida estaba súper fácil”. Sin embargo, la distancia nunca debilitó el vínculo con su familia. Por el contrario, los llevó a comunicarse con más frecuencia y a valorar más el tiempo compartido, fortaleciendo una relación que hoy describe como “más cercana que nunca”.

“Yo llegué a dar mi 100 %, y eso fue lo que hice durante estos pasados meses. Obviamente, al principio, fue algo difícil porque pues, empiezas de cero, no tienes amigos, y al principio, yo no quería ir porque pensé que el mundo se me estaba cayendo encima. Pero con el tiempo, fui realizando cosas y fui viéndole lo bueno a la oportunidad y no lo malo, y más papi viniendo a verme y hablándome… Papá también fue atleta y jugó pelota, y pues yo creo que él sabe lo que se siente estar fuera de casa y eso me ayudó mucho”, explicó el adolescente.

Su padre, además, aseguró que sentía la responsabilidad de ser un apoyo firme para su familia y de no proyectar en su hijo sus propias vulnerabilidades. “Fueron lágrimas, fueron emociones, pero como entorno familiar, estábamos decididos que era la decisión correcta. ¿De que fue un proceso? Claro. Pero no le puedes tener miedo al cambio”, comentó el progenitor.

“Lo primero que es retante es todo lo que te pierdes, porque nos perdimos el Día de las Madres, nos perdimos el cumpleaños de mamá, nos perdimos el cumpleaños de Luna… Día de Enamorados estábamos en un torneo… y te pierdes demasiadas cosas, y te duelen. Pero tú tienes que estar en una mentalidad de que todo tiene un propósito, y él lo entendió y como familia lo entendimos”, añadió.

Para el escritor y creador de pódcasts Alexis Zárraga, cuando tuvo que ver a su hija mudarse, la paternidad tomó un rumbo distinto al que había soñado. Hoy, padre de una adolescente de 19 años, aún espera a que su hija comience las vacaciones universitarias para recibirla como todos los años cuando el avión aterriza en la isla.

Zárraga contó, a Metro Puerto Rico, cómo esas despedidas en el aeropuerto se convirtieron en la parte más difícil del proceso.

“La cosa más dura de todo este tiempo fue llevarla al aeropuerto para que ella volviera a Orlando. Ahí tú estás en una disyuntiva porque quieres que ya suceda, pero no quieres que se vaya. Quieres que suceda porque sabes que estás a punto de llorar y tienes el corazón roto, pero no quieres que se vaya”, explicó Zárraga.

“Esa parte del aeropuerto yo la detestaba. Cuando te voy a buscar, tengo una felicidad encima y hasta el cielo está de un azul más bonito, pero cuando te voy a perder, por ejemplo, si te tengo que dejar en el aeropuerto el miércoles, ya desde el lunes yo estoy triste porque ya queda menos tiempo para compartir contigo, y eso fue lo más duro”, recordó.

Cuando su hija, Paola Sofía, tenía 8 años, en 2016, Zárraga tuvo que armarse de valor para darle “el último abrazo” en la entrada del avión. Sin embargo, procura que la comunicación sea constante. En la carta que lleva de título “Al fin encontré las letras”, el padre buscó preparar a su hija para los retos de crecer.

“Ella (Paola) sabe que yo siempre estuve. Al principio, la llamo todos los días; después, ya tú no tienes tanto que contarme, pues, te llamo un día sí y un día no, y así hemos hecho a lo largo de la historia. O sea, yo siempre voy a estar ahí presente [...] y la distancia y el océano fue como una barrera que se podía superar. No fue como que nos olvidamos”, indicó Zárraga.

Reconoció, además, que, de las partes más bonitas de la paternidad es precisamente estar para su hijos. Zárraga conoció a Gael, de 7 años en ese entonces, cuando comenzó a salir con su mamá.

“Lo más importante es que ellos sientan esa conexión, que ellos sepan que papá y mamá van a estar ahí para ellos, y eso, para mí, es lo más bonito del mundo”, señaló.

Separación desde la cuna

Para Eliezer Estremera, la separación de su hijo comenzó aún cuando el pequeño no le decía “papá”. Por motivos económicos, desde la llegada de Eliezer Jr., Estremera partió de Puerto Rico para trabajar como marino mercante y proveer para su familia.

Durante los pasados tres años de vida del pequeño, Estremera ha estado a bordo de un barco, y reconoció haberse perdido momentos importantes en su desarrollo. Mientras, siempre intenta volver a la isla los meses de verano, Navidad y el día de cumpleaños de Eliezer Jr. para dedicarle todo su tiempo.

“Me perdí por completo la etapa de gatear, y cuando regreso, ya está brincando y corriendo. Ya cuando me voy y regreso de nuevo, está hablando. Es un cambio grande y drástico. [...] Uno se va y siente que ha dejado un pedacito de uno, y pica, duele; pero yo trato de comunicarme todos los días con él por videollamada para que no se olvide de mí”, dijo Estremera.

A pesar de que el menor sabe que papá está lejos porque trabaja en un barco, las llamadas diarias y la comunicación no se han detenido. El padre recalcó la importancia de las rutinas y las dinámicas al momento de llamarlo para fortalecer el vínculo con su hijo sin que la llamada pase como cualquier otra.

“Trato siempre de llamarlo a la misma hora para que se cree una rutina. Siempre le he hecho el ‘topi topi’ en el teléfono, y él me hace el ‘topi topi’, y hay unos muñequitos que se llaman Daniel Tigre y el papá de Daniel y Daniel hacen un ‘ugga mugga’, que es un saludo y se frotan las narices. Entonces, hago ciertas cosas que solamente van a ser conmigo aunque sea por el teléfono”, explicó orgulloso el papá de Eliezer.

Aunque las historias son distintas, comparten el mismo desafío de estar presente aun cuando la distancia se interpone. Ya sea desde una residencia de estudiantes en Florida, una universidad en Orlando o la cubierta de un barco en altamar, estos padres descubrieron que la paternidad no se mide por kilómetros y han acompañado a sus hijos en cada etapa.