Por la tarde, Quiñones Cruz caminó una corta distancia hasta la casa que tenía al lado de la de su hija en Villa del Carmen en Loíza. Dijo que iba a bañarse. Ese día, la temperatura máxima era de 90 grados Fahrenheit (°F), pero la sensación del calor superaba esa marca, al punto que el Servicio Nacional de Meteorología (SNM), en la mañana, proyectó una sensación de calor de hasta 110 grados, especialmente en zonas costeras.
Horas después de la caminata de la loiceña de 73 años, Martínez Quiñones y su hermana vieron el automóvil de su madre, pero no lograron encontrarla ni consiguieron que respondiera el teléfono.
“Ella hacía sus cosas normal. Y, de momento, pasó eso. Yo se lo achaco al calor que estaba haciendo”, dijo.
Aproximadamente una hora después de haber encontrado a su madre sin vida, otra mujer de la comunidad también falleció. La familia de esta declinó participar del reportaje y no atribuye la muerte al calor. Martínez Quiñones recordó, además, que otro residente acudió esa tarde a un centro de salud tras experimentar adormecimiento en sus piernas y un malestar general.
El caso de Quiñones Cruz coincide con un patrón ya probado a escala poblacional: durante los días de mayor estrés térmico, mueren, en Puerto Rico, más personas de las que normalmente se esperaría.
Una investigación publicada en The Journal of Climate Change and Health encontró que la mortalidad no accidental aumentó 23 % durante los días con mayor índice de calor. Cuando los investigadores utilizaron el Índice Universal de Clima Térmico (UTCI), que además de temperatura incorpora humedad, viento y radiación solar, el alza alcanzó 47 %, tras ajustar los resultados por edad y sexo.
El estudio analizó las muertes ocurridas entre 2015 y 2020 en las áreas metropolitanas de San Juan, Ponce y Mayagüez. Los investigadores examinaron 79,495 muertes no accidentales y encontraron una asociación consistente entre los episodios de calor extremo y un aumento de fallecimientos por enfermedades cardiovasculares, cerebrovasculares y respiratorias.
“Lo miremos como lo miremos, lamentablemente todos los estudios evidencian que, en Puerto Rico, se muere la gente por calor extremo”, afirmó el doctor Pablo Méndez Lázaro, profesor e investigador del Departamento de Salud Ambiental del Recinto de Ciencias Médicas de la Universidad de Puerto Rico y autor principal del estudio.
Las muertes no dicen “calor”
La mayoría de los certificados de defunción registra un infarto, una insuficiencia cardíaca, un accidente cerebrovascular o una enfermedad respiratoria.
Para medir el efecto del calor, los científicos recurren al concepto de exceso de mortalidad, el mismo utilizado para estimar las muertes del huracán María.
“Normalmente, nosotros podemos esperar que, en Puerto Rico, mueran 15 personas por condiciones cardiovasculares. Sin embargo, cuando hay calor, en vez de morir 15, mueren 30. Esa diferencia es el exceso de mortalidad”, explicó Méndez Lázaro.
Los análisis que desarrolla junto a colaboradores internacionales llegan a la misma conclusión. “No es que veamos resultados contradictorios. Cuando lo hacemos con Londres (Inglaterra), cuando lo hacemos con Puerto Rico, cuando lo hacemos con otras universidades, tristemente todos encontramos lo mismo: en Puerto Rico, muere la gente por calor extremo”, sostuvo.
Los hallazgos también muestran que el problema ocurre durante gran parte del año. Entre 2015 y 2020, San Juan registró índices de calor potencialmente peligrosos durante aproximadamente ocho meses. Septiembre y octubre presentaron los mayores niveles de estrés térmico medidos mediante el UTCI.
Salud mide el problema
El Departamento de Salud comenzó a identificar quiénes llegan a las salas de emergencia con síntomas asociados al calor. Desde 2021, la agencia opera un Sistema de Vigilancia Sindrómica, que recibe información casi en tiempo real sobre visitas relacionadas con calor procedentes de hospitales participantes.
Kevin Colón, coordinador del sistema en la División de Epidemiología e Investigación, explicó que la vigilancia específica sobre calor se fortaleció tras los episodios registrados en 2023 y 2024.
Se identifican diagnósticos relacionados con golpe de calor, agotamiento por calor, síncope, exposición excesiva al calor natural e insolación, entre otros, además de recopilar información sobre edad, sexo y municipio de residencia.
Los datos correspondientes a las semanas epidemiológicas 1 a 51 de 2025 identificaron 503 visitas a salas de emergencia relacionadas con calor, un promedio de 9.9 por semana.

Del total, 309 correspondieron a hombres y 194 a mujeres. Las personas entre 60 y 69 años constituyeron el grupo de edad con mayor número de visitas (85) y, en conjunto, los adultos de 60 años o más representaron 178 visitas, equivalentes al 35.4 % del total.
“Cuando hablamos de adultos mayores, hablamos de una persona que quizás tiene una capacidad más reducida de termorregulación, incluyendo la capacidad de sudar, que es una de las herramientas principales para mantenerse refrescado”, explicó Colón.
Añadió que, en este grupo, los primeros síntomas pueden no parecer relacionados con el calor.
“El calor no solamente se ve en sí mismo como una enfermedad aguda, como un golpe de calor. También afecta la enfermedad cardiovascular, puede afectar la diabetes, a sobrevivientes de cáncer o personas activamente en tratamiento, y puede tener un efecto en la enfermedad mental y conductual”, sostuvo.
Sin embargo, tanto Salud como los investigadores reconocen que las cifras probablemente representan solo una parte del problema.
Los boletines del sistema aclaran que la vigilancia sindrómica identifica tendencias, no casos confirmados. Además, la información depende de los hospitales participantes y de cómo el personal clínico documente cada episodio.
Solo 28 de las 187 salas de emergencia reportan información periódica al sistema, equivalente a 14.97 % de las facilidades. “En Puerto Rico, está subestimado”, afirmó Méndez Lázaro.
El diagnóstico que nunca llega al expediente
Para el doctor Arnab K. Ghosh, internista, médico de emergencias y profesor asociado de Medicina en Weill Cornell Medical College en Nueva York, la falta de reporte explica por qué el verdadero impacto del calor continúa oculto.
“El problema con el calor es que, a menos que un médico lo codifique de cierta manera, no se recoge. Los médicos no siempre están conscientes”, explicó durante una conferencia sobre cambio climático y envejecimiento celebrada en la Universidad de la Ciudad de Nueva York (CUNY).
La doctora Liza Millán, gerente de planificación de la División de Preparación y Coordinación de Respuesta en Salud Pública, coincidió en que todavía hace falta fortalecer el adiestramiento del personal clínico. “Existen herramientas y guías, pero quizás un adiestramiento más dirigido a esa población ayude más a documentarlo”, expresó.
Colón confirmó que Salud trabaja actualmente en integrar un análisis de certificados de defunción que incluyan códigos relacionados con enfermedades provocadas por calor, un esfuerzo que permitiría conocer con mayor precisión la magnitud del fenómeno.
Esta semana, la senadora Ada Álvarez Conde presentó la Resolución Conjunta del Senado 200 para que el calor extremo pueda ser reconocido y consignado como causal de muerte en los certificados de defunción.
El calor no llega solo
Para la doctora Millán, las altas temperaturas funcionan como un “multiplicador” de otras vulnerabilidades que ya enfrentan miles de adultos mayores.
“Me preocupa mucho ese grupo, particularmente quienes viven solos o tienen condiciones crónicas, incluyendo neurológicas, como puede ser el alzhéimer, porque el calor impacta en distintas áreas: fisiológica, económica y social”, afirmó.
La funcionaria explicó que el riesgo aumenta cuando coinciden factores como enfermedades cardiovasculares, pobreza, aislamiento social o interrupciones del servicio eléctrico.
La amenaza aumenta en un sistema eléctrico que registra interrupciones prolongadas. Entre julio de 2025 y junio de 2026, el abonado promedio permaneció 28 horas y 26 minutos sin servicio eléctrico, un aumento de 8 % respecto al año fiscal anterior. La cifra equivale a casi 17 veces la meta de confiabilidad establecida por el Negociado de Energía. Esto no incluye los relevos de carga por falta de generación.
Para miles de adultos mayores que dependen de aire acondicionado, concentradores de oxígeno, nebulizadores o medicamentos que requieren refrigeración, un apagón se convierte en un riesgo directo para su salud.
A la fragilidad del sistema eléctrico, ahora se suma la sequía que ya implica racionamientos en siete municipios de Puerto Rico, incluyendo Loíza.
El doctor Ghosh explicó que la vulnerabilidad en la población de adultos mayores responde a una combinación de factores fisiológicos y sociales. Con el envejecimiento, el cuerpo pierde capacidad para regular su temperatura, disminuye la sensación de sed y aumenta la dependencia de medicamentos que pueden alterar la hidratación, la presión arterial o la función renal. A ello se suman enfermedades crónicas, problemas de movilidad, deterioro cognitivo y, en casos, el aislamiento.
“La mayoría de las personas que mueren por calor extremo en las ciudades probablemente tiene deterioro cognitivo leve. Se hace más caliente, desarrollan mayor delirio, dejan de estar conscientes de lo que sucede y no pueden salir de la casa o bajar las escaleras”, explicó.
De hecho, la semana pasada se publicó un estudio de Stanford Medicine que encontró que, cuando la temperatura promedio diaria supera los 84 °F, los adultos mayores reducen significativamente cuánto se desplazan fuera de sus hogares.
Encuestas realizadas por el equipo de Méndez Lázaro reflejan que más del 55 % de los adultos mayores consultados tenía alguna condición de salud preexistente y cerca de la mitad vivía por debajo del nivel de pobreza. Muchos, además, viven solos.
“Ya no es solamente el calor durante el día, sino también la privación del sueño. Las personas no duermen bien porque hay calor extremo y no tienen el factor económico para pagar la electricidad”, señaló.
Las noches no refrescan
En un barrio cercano al de Quiñones Cruz en Loíza, Milagros Pica Quiñones mueve sus abanicos de un lado a otro durante la madrugada. Vive sola y cumplirá 97 años en noviembre.
“Ya como a medianoche digo: ‘¿Pero qué es esto?’. Vuelvo y lo cambio (el abanico) para acá. Y así me paso”, contó en la marquesina de su residencia de cemento en Loíza, donde corre algo de brisa.

Para sobrellevar el día, toma agua, se moja constantemente y coloca abanicos en las distintas áreas de su casa. “Me convierto en sirena”, dijo, en referencia a los baños que toma constantemente. Ante la falta en el servicio de agua potable, almacena. Los envases se observan por toda su casa. Destaca que aún tiene la fuerza para levantarlos y moverlos de la marquesina al balcón, a la cocina y al baño.
“Antes no se sentía esta calor así. Lo que pasa es que antes había más árboles… Las noches refrescaban. Ahora no refrescan”, recordó.
Precisamente, una de las principales conclusiones del estudio de Méndez Lázaro es que las temperaturas mínimas han aumentado con mayor rapidez que las máximas, reduciendo el alivio nocturno que tradicionalmente ofrecía el clima de Puerto Rico.
Millán explicó que ese fenómeno tiene consecuencias particulares para la población envejecida. “Aquí tenemos un problema con estos adultos mayores porque tienen dificultad regulando la temperatura, no enfrían correctamente el cuerpo y, en las noches, se convierte en un problema adicional”, dijo la funcionaria del Departamento de Salud.
Esa observación coincide con la experiencia descrita por la profesora Jennifer Baumbusch, enfermera gerontológica e investigadora de la Escuela de Enfermería de la Universidad de British Columbia en Canadá.
Al estudiar el histórico domo de calor que afectó el oeste de Canadá en 2021, observó que uno de los factores más peligrosos fue precisamente la ausencia de alivio durante la noche. “Era un calor extremo durante una serie de días, implacable”, recordó durante un taller virtual de la Gerontological Society of America.
El calor dejó de ser excepcional
El aumento de las temperaturas se refleja en los boletines emitidos por el SNM en San Juan. Durante 2025, la oficina emitió 82 advertencias de calor y 16 avisos de calor extremo, mientras que, en lo que va de 2026, ha emitido 28 advertencias y dos avisos. El meteorólogo y coordinador de avisos del SNM, Ernesto Morales, explicó que la diferencia no responde necesariamente a un verano menos caluroso, sino a que este año la humedad —un componente determinante del índice de calor— tardó más en establecerse. “Había temperaturas altas, pero no se alcanzaban los umbrales de humedad necesarios para emitir las advertencias. Esa humedad comenzó a entrar más recientemente”, indicó.
Una advertencia de calor se emite cuando las condiciones atmosféricas favorecen que el índice de calor alcance niveles peligrosos, generalmente entre 108 °F y 111 °F, durante al menos dos horas. El aviso de calor extremo representa un nivel superior de riesgo y se activa cuando el índice de calor alcanza o supera los 112 °F, es decir, cuando la sensación de calor extremo ya está presente y existe un peligro inminente para la salud.

Por su parte, Méndez Lázaro insiste en que ese escenario no debe confundirse con el calor habitual del Caribe.
“Cuando hablamos de calor, siempre hay que ponerle el apellido: calor extremo. No es lo mismo que haga calor. En Puerto Rico, hace calor todo el año. Pero cuando hablamos de calor extremo, son condiciones en las cuales las temperaturas, junto con el vapor de agua y la humedad, crean una sensación térmica perjudicial para el funcionamiento del organismo humano”, explicó.
Millán reconoció que uno de los mayores desafíos sigue siendo convencer a la población de que el calor representa una amenaza real. “Nos dimos cuenta, en las conversaciones multisectoriales, que la gente lo ve como un malestar físico. Lo que hemos tratado de enfocar es que va más allá de un malestar físico”, afirmó.
El análisis de vulnerabilidad del Departamento de Salud incorporó formalmente el calor extremo entre sus principales amenazas a partir de 2023. “Se pudo determinar que no es un mero asunto de malestar, sino que, sí, tiene un impacto en la infraestructura de salud pública”, dijo Millán.
Para Méndez Lázaro, el país ha avanzado al desarrollar investigación científica, crear sistemas de vigilancia y reunir a decenas de organizaciones alrededor del tema. Sin embargo, considera que la respuesta todavía está lejos del nivel de preparación existente para otros desastres.
“Cuando hablamos de huracanes y cuando hablamos de inundaciones, tenemos unos protocolos que se prenden y se apagan en la isla. Pero cuando hablamos de calor extremo, el calor extremo es huérfano; nadie se hace responsable o nadie sabe cómo reaccionar”, afirmó.
“Todos tenemos que reconocer que ya no hay vuelta atrás”, advirtió Méndez Lázaro.
Mientras los científicos continúan su esfuerzo, Martínez Quiñones sigue recorriendo las comunidades donde vive desde hace tres décadas. Calcula que solo entre Villa del Carmen, Pompeya y Las Casitas en Loíza hay cerca de un centenar de adultos mayores. Muchos viven solos, otros permanecen encamados y unos dependen de la ayuda que esta consigue para repartir agua durante los días más calurosos.
“Se van a seguir muriendo personas que no están viendo eso, pero los líderes comunitarios... somos los que estamos ahí”, dijo la mujer, quien vivió la pérdida de su madre durante un caluroso jueves en Loíza.
Este reportaje fue posible, en parte, gracias al taller Aging Beat, organizado por la Escuela Graduada de Periodismo Craig Newmark de CUNY.
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