Damnificados por terremotos en Venezuela sobreviven entre carpas mientras crece el temor por El Niño
En menos de 60 días, no solo ha cambiado el paisaje; la realidad se escribe para muchos en albergues y refugios improvisados, mientras crecen los llamados a prepararse para El Niño, un fenómeno climático que amenaza con no dar tregua a quienes perdieron todo después de que la tierra se sacudiera dos veces, causando hasta ahora casi 6,500 muertos.
Nuevo ecosistema
A punta de donaciones privadas, de la comunidad internacional y algunos apoyos estatales, los habitantes de los distintos campamentos en la localidad de Catia La Mar han levantado un ecosistema con comedores comunitarios, duchas improvisadas, tanques para recolectar el agua provista por cisternas e incluso emprendimientos.
Y aunque están en lo que parece un lugar seguro para ellos tras el terremoto, no lo es tanto en medio del intenso calor o la lluvia.
Así quedó en evidencia el pasado sábado, cuando un aguacero que cayó sobre Caracas y La Guaira los puso en emergencia.
“Tuvimos pérdida de colchones, de cuestiones así, de efectos personales”, explicó a EFE Germán Machado, de 58 años, habitante del campamento César Nieves, un espacio improvisado en los alrededores de un estadio de béisbol en Catia La Mar.
“Se vivió un momento de angustia, porque venimos del terremoto y después de esa lluvia, bueno, imagínate, son cosas incontrolables”, añadió.
Los efectos no fueron duraderos, ya que con temperaturas superiores a 86 °F y un sol implacable, gran parte de las calles y los colchones se secaron 24 horas después.
Lloré mucho
Otra de las afectadas fue la Escuela Urimare, que funciona bajo carpas y terminó anegada después del torrencial aguacero.
“La lluvia fue muy fuerte y bueno, los dos toldos principales se partieron y se cayó la lona y perdimos muchos materiales muy apreciados, porque cada granito que hay acá son traídos por ángeles muy especiales que Dios manda. Y bueno, lloré mucho”, contó Jazmín Urimare Ramírez, una maestra y paciente oncológica fundadora del colegio.
El agua acumulada en el suelo alcanzó varios centímetros de altura y afectó el césped artificial colocado en las carpas, así como las cajas con cuadernos, libros, marcadores y lápices y las bases de madera de los pupitres. Todo había sido donado.
Este lunes, el piso de la carpa aún continuaba mojado, pese a que el calor arreciaba. Decenas de personas trabajaban para secar los enseres y materiales afectados, a la espera de un cargamento de tablas para construir una tarima que proteja las pertenencias ante la amenaza de un nuevo aguacero, ya que el agua corre con facilidad por el lugar.
De hecho, en varias zonas de Catia La Mar aún eran visibles los rastros de barro arrastrados desde un cerro cercano.
“Esto fue un colapso total, esto fue horrible. Tanto los truenos, la gente con mucho miedo, los niños llorando”, relató Ramírez, que también vive en el campamento y solicita ayuda para recuperar los materiales con los que más de 70 niños reciben clases.
Decididos a quedarse
Pese a las difíciles condiciones, la mayoría de los damnificados por los terremotos asegura que no se moverá a los refugios temporales habilitados por el Gobierno por temor a enfrentar situaciones peores.
Según cifras oficiales, casi 20,000 personas perdieron sus viviendas tras los sismos de magnitud 7.2 y 7.5.
La propia Urimare, como muchos ya conocen a la maestra, afirma que de ahí no se mueven.
Machado la respalda y pide que cuando el Gobierno entregue las viviendas prometidas, estas vengan con títulos de propiedad.
Entretanto, la vida transcurre para muchos en medio de una extraña normalidad y conversaciones cotidianas en espacios improvisados.
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