En distintos municipios de la isla, personas mayores han comenzado a generar ingresos adicionales mediante alquileres a corto plazo, una alternativa que, aseguran entrevistados por Metro Puerto Rico, les permite complementar sus ingresos, cubrir gastos médicos y mantenerse activos tras salir de la fuerza laboral tradicional.
El fenómeno ocurre en momentos en que Puerto Rico enfrenta un acelerado envejecimiento poblacional y una creciente participación de adultos mayores en actividades económicas. Un estudio divulgado este año por AARP reveló que el 96 % de las personas mayores considera esencial contar con ingresos suficientes para el retiro, mientras que un 92 % de quienes aún no se han retirado desea continuar trabajando mientras así lo decida.
Datos del Departamento del Trabajo y Recursos Humanos reflejan además que las personas de 60 años o más representaron el 8.2 % de la fuerza laboral en Puerto Rico en 2024.
En Ponce, Amneris Torres, de 69 años, encontró, en una pequeña propiedad familiar, una forma de complementar su retiro tras décadas trabajando como maestra de inglés. “Yo me acababa de retirar y mi retiro no era lo que yo pensaba económicamente. Mi mismo padre me orientó y me dijo: ‘deberías tener un ingreso extra para cuando tengas más años”, relató Torres.
Inicialmente, la propiedad era alquilada a largo plazo, pero la experiencia no le resultó positiva. Según esta, los atrasos en pagos y el deterioro de la vivienda la llevaron a explorar el concepto de alquileres a corto plazo.
Antes de abrir el espacio a huéspedes, aseguró haber cumplido con los permisos y requisitos municipales correspondientes al sector histórico donde ubica la propiedad. Poco a poco, comenzó a invertir en mejoras y acondicionamiento de la vivienda.
“Pensé entonces en alquilarla para ese ingreso que él me aconsejó como comerciante”, expresó.
Con el tiempo, asegura, el proyecto se convirtió en algo más que un ingreso adicional. “Esto me mantiene más viva”, sostuvo. “Estoy igual que cuando estaba trabajando, tengo las mismas ganas de salir, las mismas ganas de trabajar, las mismas ganas de hacer algo”.
La necesidad económica también empujó a Diana Rivera, de 63 años y residente en Guánica, a buscar ingresos adicionales luego de retirarse como profesora en la Universidad Interamericana de Puerto Rico y asumir el cuidado de su madre, diagnosticada con demencia vascular.
Rivera explicó que la propiedad pertenecía a su madre y llevaba años alquilándose a largo plazo, pero las necesidades económicas y los costos de cuido la llevaron a transformarla en un alquiler a corto plazo.
“Tuve que echar mano de esta casita como alquiler a corto plazo para que me generara un poco más de ingresos [...] porque estuve unos cuantos meses con cuidadoras 24/7”, contó Rivera.
Con el tiempo, la situación se volvió más compleja y tuvo que tomar la decisión de ubicar a su madre en un hogar de cuidado prolongado. Actualmente, asegura que los gastos mensuales relacionados al cuidado superan los $3,000 mensuales entre hogar, medicamentos y artículos médicos.
“Tener este Airbnb hace la diferencia porque esto es un complemento para los gastos de mi mamá”, afirmó.
Contó que, aunque la propiedad mantiene una alta ocupación, gran parte del dinero se destina directamente al cuidado de su madre.
“Hay quien pueda ver esto como una vivienda de la que alguien pueda lucrarse. En mi caso, yo no me lucro de ninguna manera de esta casita, porque es que esto es un complemento para sobrevivir”, enfatizó.
En Yauco, Carmen Cales, de 68 años, vive una realidad similar. Tras retirarse en Estados Unidos junto a su esposo, regresó a Puerto Rico acompañada de su hija adulta con parálisis cerebral cuadripléjica espástica.
La familia residía en Rhode Island, donde su hija recibía servicios y ayudas relacionados con su condición. Sin embargo, decidieron regresar a Puerto Rico buscando una mejor calidad de vida y más tiempo para atender directamente sus necesidades.
“Mi esposo y yo nos sentamos con mi hija y le explicamos que si veníamos a Puerto Rico, no iba a tener los beneficios que tenía en Rhode Island”, relató Cales.
Aunque inicialmente no contemplaba convertir un apartamento familiar en un alquiler a corto plazo, los gastos comenzaron a aumentar tras el retiro.
“Se nos hizo bien cuesta arriba con el ingreso”, recordó. “Pero dije: ‘voy a convertirlo en un Airbnb para tener un poquito más de dinero para sufragar los gastos de ella”.
Actualmente, aseguró que el ingreso adicional le permite costear asistencia en el hogar, terapias y otras necesidades relacionadas al cuidado de su hija.
“Si no fuera por este ingreso... Ahora mismo yo tengo una ama de llaves para ella, que tengo que pagarlo yo. También otra persona que viene y le da unas terapias”, explicó.
Además del aspecto económico, las tres mujeres coinciden en otro elemento: mantenerse activas y con un sentido de propósito tras el retiro.
“Cuando yo me retiré, me sentí perdida”, sostuvo Cales. “Y esto me ha ayudado tremendamente. Me siento útil, que estoy haciendo algo”.
De acuerdo con datos internos de Airbnb, cerca de 2,000 anfitriones mayores de 60 años están activos actualmente en Puerto Rico y la cifra casi se triplicó desde 2020. Más de la mitad de quienes reportan su edad en la plataforma son mujeres.
Los hallazgos coinciden con estudios recientes que reflejan un cambio en la forma en que personas mayores conciben el envejecimiento. Más allá de la necesidad económica, especialistas y organizaciones que trabajan temas de adultos mayores apuntan a una generación que busca permanecer independiente, mantenerse productiva y continuar participando activamente en la vida comunitaria y económica.
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